Don Marzo y los patos soñadores

Premio Nacional de Cuentos para Profesores

Secreduc Bío-Bío 1987


Un año antes de contraer matrimonio, Eulalia por temor a ser maldecida, aceptó que la vieja gitana con voz de tabaco le recitara el futuro. De todo lo que escuchó, a cambio de tres monedas grandes y el par de aros de su Primera Comunión, lo que más impactó su ingenua credulidad, fue el hecho de que la gitana le auguró que tendría 12 hijos en doce meses distintos.

Cuando nació su primer hijo a los siete meses de embarazo y a los cuatro de matrimonio, se dio cuenta que comenzaba un nuevo año y haciendo uso de un elemental sentido práctico, y segura de que se cumpliría la profecía, a disgusto de su marido y los padrinos, bautizó al primogénito como Enero.

Pasado poco más de un año, nacieron Febrero y Marzo, los que eran gemelos, claro que Febrero nació el día 28 a las 23,50 horas y Marzo el día 1º a las 00,11 horas.

Y con ocho embarazos más, Eulalia completó los meses del año contando con la admiración y curiosidad de toda la comarca, que llegó a enorgullecerse de tener una mujer tan metódica para dar a luz y nominar a sus hijos.

Como obedeciendo a un extraño y poderoso sino, todos los hijos al cumplir los quince años se fueron a la vendimia al otro lado del estero y nunca más se supo de sus nombres, ni sus cuerpos. La excepción fue Marzo que regresó cinco años después, con esposa, tres pares de mellizos, carreta firme con bueyes jóvenes, siete patos y dos perros de dudosa raza e indefinible color.

Pero, lo más importante de todo el bagaje y patrimonio que traía Marzo, era el recuerdo de que, gracias a un sorteo, había aprendido a leer y escribir, constituyéndose en el primer miembro de su vasta familia y comunidad que adquirió tal honor cultural.

En la fiesta de su primera vendimia, adquirió un número de rifa, con el anhelo de ganarse una frazada, con la cual pasar un mejor invierno, pero tuvo que conformarse con el premio sorpresa que convenientemente envuelto en papel de regalo, ocultaba en su interior un sencillo silabario.

Tanto se rieron y burlaron sus amigos y conocidos por lo insólito del premio, que Marzo se hizo el propósito de aprender a leer y escribir para no desaprovechar su suerte y algún día poder contrariar a los burlones de siempre. Gracias a la ayuda de un buen escolar, y antes de su segunda vendimia aprendió la magia de escuchar y repetir lo que hablan los libros y dibujar signos que son capaces de guardar y llevar ideas por el tiempo y la distancia.

Sin proponérselo, Marzo se vio convertido en escribano y lector de la comarca, dedicándose las tardes domingueras a leer y escribir cartas de diferentes destinos y procedencias. Mientras doña Freria en la cocina preparaba guisos y frituras para los clientes, que con trago y comida esperaban su turno de atención bajo la sombra de los sauces.

Doña Freria era alta y abnegada, realizaba todas sus tareas cotidianas con resignación y silencio, y en sus raros momentos comunicativos conversaba con los perros sobre la interpretación de sueños y pesadillas. Su alegría anual era la llegada del mercachifle, que todos los años en los primeros días del otoño le traía géneros, perfumes y chucherías, que ella compraba contando con el solidario entusiasmo y beneplácito de Marzo. Pero después del entusiasmo jamás los géneros llegaron a transformarse en vestidos, en el mejor de los casos terminaron convertidos en provisorias cortinas. Los perfumes se volatilizaron por el olvido de sus tapas y las chucherías fueron devoradas por las rendijas del entablado que servía de piso. Aún así, doña Freria siempre fue feliz soñando lo que haría con todas sus compras otoñales.

Don Marzo se distinguía por su reconocida habilidad en siembras, lo que le permitía cosechar hasta una semana antes que sus vecinos. Los porotos de siete semanas contradecían su exacto nombre y cuando los dem6s campesinos estaban regándolos todavía, él ya estaba en el pueblo, vendiéndolos con el mejor precio de los primores.

Después que se cayó del caballo, perdió la envidiable agilidad de sus piernas, y antes de sentirse inútil, aprendió a gatear como en los mejores días infantiles. Continuó preocupado de los trabajos de la tierra, sembrando los mentirosos porotos de siete semanas, Y para que no se le gastaran los pantalones e hirieran las rodillas, el menor de los mellizos mayores, todas las mañanas le amarraba un par de rodilleras de goma de neumático, con las cuales dejaba huellas paralelas que nacían en la casa y se perdían hacia todos los puntos del entorno.

Como cada vez se alejaba más de la casa para seguir sembrando detrás de las lomas, pasada la hora de la oración, su quincena de nietos partían en su búsqueda como si fueran tras un fugitivo, lo embarcaban en la carreta junto al vacío saco de semillas y antes de llegar a casa volteaban el vehículo junto al canal de regadío, en donde don Marzo se refrescaba de la larga faena, nadando junto al centenar de patos.

Siendo hombre práctico y observador, don Marzo había aprendido de los curas luteranos, la magia de cambiarle el destino a los árboles mediante Injertos. Así, convirtió la humilde quinta en un vergel, teniendo todo el año árboles en frutal producción, con las más variadas, apetecidas y exóticas frutas. Pero, con tanto injerto, e injerto a los injertos, la quinta se hizo impredecible como el vuelo de las moscas y nunca fue posible adivinar los frutos que daría cada árbol en cada cosecha, ya que, ni las flores daban señas verdaderas; el ciruelo con flores de membrillo, en la última cosecha, dio paltas con sabor a nuez.

El único árbol fiel a su destino, era el limonero ubicado en medio del afrechado chiquero. Sus limones eran tan grandes, fragantes y jugosos que gracias a ello colgaban de la muralla del comedor hogareño, tres diplomas y cinco galvanos que acreditaban el prestigio alcanzado por los limones en diferentes concursos de productores regionales, en los cuales, el jurado jamás adivinó la privilegiada ubicación del limonero triunfador.

Cuando don Marzo se quemó la cabeza con agua hirviendo, tratando de alcanzar la tetera que estaba sobre la cocina, su inesperada calvicie lo transformó en otra persona, se olvidó de sus mejores recuerdos y trajo a la memoria historias que nunca había contado. Se hizo insensible al calor, y por ello, con toda naturalidad, se entretenía en ordenar con los dedos las ardientes brazas del fogón familiar.

Indiferente también al frío, adquirió la peligrosa costumbre de dormir la siesta dentro del pozón de los patos, ya fuera en días de sol o lluvia. Con un silbido casi imperceptible, mandaba al centenar de patos a que fueran a avisarle a sus nietos de que deseaba regresar a su aposento. La procesión de patos al llegar a media cuadra de la casa, alertaba a los perros ociosos, que dando un par de ladridos desganados daban cuenta del mensaje a los nietos, quienes en precipitada carrera llegaban a zambullirse en el pozón, no sin antes haber trastabillado con los patos mensajeros que regresaban a su elemento predilecto.

Pasado los sesenta años, don Marzo abandonó su vocación agrícola y se dedicó al sedentario oficio de cortar leña en las mañanas y confeccionar chalas por las tardes. Motivado quien sabe por qué testarudez matemática, cortaba todos los trozos de leña de 24 pulgadas de largo, las que medía prolijamente con su exacto pulgar. A las chalas de rústica factura y que calzaban a toda la familia, con el cuchillo les tallaba en la planta extraños símbolos, que más tarde le servían para reconocer los pasos grabados en la tierra.

Cuando se le confundieron las medidas y los símbolos, su única entretención en las horas luminosas, fue alimentar a los patos y gritonear a los nietos, que se habían vuelto indiferentes a sus insistentes requerimientos. Con sollozos de secas lágrimas se quejaba de que todas las cosas estaban lejos del alcance de sus manos, y que los Domingos se tardaban en llegar, agudizándole la ansiedad por leer cartas ajenas.

Al fallecer la comadre Braulia, madrina de los últimos mellizos, toda la parentela de don Marzo partió al funeral y lo dejaron con la honorífica misión de cuidar la casa y alimentar el fuego. Aburrido en la soledad y silencio, se dio a la tarea de preparar refresco de culén en el balde de madera. Por casualidad o descuido, junto a las hojas y ramas de culén, echó hojas de dormidera y luego agregó, con mucho cuidado, el agua que hervía en la olleta de fierro. Le puso azúcar suficiente como para endulzar el brebaje, lo revolvió con la cuchara de palo, coló el líquido con un mantel, y ya muy cansado y con harto esfuerzo, puso en las poncheras y jarros el refrescante líquido que darla una cordial bienvenida a toda la familia que acompañó a doña Braulia en su viaje sin retorno.

Don Marzo dormía apaciblemente cuando llegó su bulliciosa parentela, que en un minuto dio cuenta de todo el refresco de culén que necesitó horas de paciente preparación. Se repartieron las buenas noches, a pesar que ya era madrugada, los nietos más pequeños acostaron al abuelo en su destartalado jergón y después, cada uno, recibió su sueño respectivo.

En la mañana, don Marzo se cansó de gritar y esperar que sus nietos fueran a levantarlo. Contrariado y haciendo un sobrehumano esfuerzo logró bajarse del catre y ponerse las rodilleras de neumático. Recorrió los dormitorios repletos de sueño, a pesar que el sol ya comenzaba a bajar. En vano intentó despertar al regalón de sus nietos. Sólo los perros deambulaban preocupados por la tardanza del almuerzo.

Sin dar mayor importancia a tantos dormilones y desconociendo la hora en que llegaron, don Marzo se dedicó la tarde entera a cortar las patas de todo el mobiliario de la casa, para así poner las cosas al alcance de sus manos y no tener que mendigar ayuda a nadie.

Cuando despertaron, al quinto día los familiares dormilones, se encontraron con tal desorden, que en forma inmediata se sintieron víctimas de un gran robo, más aún cuando notaron la ausencia de una docena de gallinas castellanas, que siendo responsabilidad de los perros, fueron atribuidas a los inexistentes ladrones. Hasta ahora nadie se explica con qué afán se dieron al inútil trabajo de cortar las patas a los muebles y como lo hicieron para no despertar a tanta gente.

Sin sospechar ni remotamente de que habían dormido cinco días, los nietos se fueron a bañar a su sitio preferido, en donde encontraron al abuelo flotando sin esfuerzo en compañía de sus inseparables patos, que aburridos de esperar el silbido imperceptible, se quedaron dormidos para siempre y desde aquel entonces el centenar de patos sólo comen lo que sueñan y sólo de eso se alimentan.

El limonero triunfador ya no participa en certámenes agrícolas, las cartas se acumulan sin lectura ni respuesta en toda la comarca, y hasta hoy no se ha encontrado el saco de semillas de los afamados y mentirosos porotos de siete semanas.***ROMAN VILLEG***